Posted by on May 10, 2013 in Noticia | 0 comments

En 1976, el biólogo evolutivo Richard Dawkins propuso en su influyente ensayo El gen egoísta una analogía entre evolución cultural y genética al plantear la existencia de un nuevo tipo de replicador en el planeta, una unidad de transmisión cultural que denominó “meme”. Los memes son los responsables de la evolución cultural, de la misma manera que los genes lo son de la evolución biológica, salvo que en el caso del meme la evolución es mucho más rápida. Dawkins define los memes con las siguientes palabras:

“Ejemplos de memes son: tonadas o sones, ideas, consignas, modas en cuanto a vestimenta, formas de fabricar vasijas o de construir arcos. Al igual que los genes se propagan en un acervo génico al saltar de un cuerpo a otro mediante los espermatozoides o los óvulos, así los memes se propagan en el acervo de memes al saltar de un cerebro a otro mediante un proceso que, considerado en su sentido más amplio, puede llamarse de imitación.” [1]

Foto de Tardar Sauce, la gata que originó el meme “Grumpy Cat” en septiembre de 2012.

Foto de Tardar Sauce, la gata que originó el meme “Grumpy Cat” en septiembre de 2012.

 

Como “estructuras vivientes, no metafórica sino técnicamente”, los memes parasitan los cerebros y los convierten en vehículos de propagación. Dawkins en principio considera únicamente esta vía de transmisión (de cerebro a cerebro), pero más adelante se hace patente que un meme puede propagarse también independientemente en un libro, una grabación, un archivo informático u otro soporte. El autor también aplica a los memes los principios de la selección natural y considera entre sus principales cualidades la longevidad, fecundidad y fidelidad en la copia. Esta última cualidad, no obstante, se somete a la posibilidad de que en cada transmisión de un meme se produzca una mutación, un ligero cambio que contribuye a su evolución. La selección natural supone una cierta competencia, e incluso una metafórica intencionalidad que llevaría a un meme a procurar perpetuarse y propagarse en la mayor medida posible.

“Las computadoras en las cuales viven los memes son los cerebros humanos. Posiblemente el tiempo sea un factor limitador más importante que el espacio de almacenamiento de datos y es objeto de fuerte competencia. […] Si un meme va a dominar la atención de un cerebro humano, debe hacerlo a expensas de memes «rivales».” [2]

Dawkins concluye que “somos construidos como máquinas de genes y educados como máquinas de memes” [3] y propaga de hecho un fértil meme, que conducirá a una popularización del estudio de la evolución cultural. Si bien la memética (definida por Elan Moritz como “un nuevo campo que trata acerca del análisis cuantitativo de la transferencia cultural” [4]) ha sido fuertemente criticada, el concepto propuesto por Dawkins no deja de plantear interesantes reflexiones acerca de la manera en que se transmiten las ideas y en qué medida la herencia cultural puede incluso ser más importante que la herencia genética. Entre los autores que han explorado los procesos meméticos, Susan Blackmore destaca el valor de la imitación en la evolución de los seres humanos y, si bien advierte que cabe ser cauteloso al establecer analogías entre memes y genes, afirma que los memes han afectado en última instancia a la evolución biológica. Según Blackmore, “se produce una coevolución entre replicadores y la maquinaria de replicación” [5], con lo cual los memes serían co-artífices de la propia evolución del cerebro.

De forma paralela a estas investigaciones, el meme se ha convertido en un término muy utilizado en la cultura popular, en particular en lo referente a los contenidos generados por usuarios en la web 2.0. Como red de datos constantemente alimentada por millones de personas, la web es un caldo de cultivo idóneo para los memes, que pueden replicarse y distribuirse rápidamente. La distribución viral de contenidos es un fenómeno frecuente, alimentado por las agencias de publicidad que buscan nuevas formas de acceder a los consumidores y aspiran a conseguir que sean los propios usuarios los que distribuyan sus anuncios. Al mismo tiempo, el deseo de formar parte de una comunidad y participar en una empresa colectiva, aunque sea un running gag (una broma recurrente que se distribuye en foros, chats y perfiles de redes sociales) alimenta la creación de contenidos compartidos. Estos contenidos que se distribuyen, copian y modifican son los memes de la red, tal vez menos trascendentales que los que define Dawkins o menos determinantes en la evolución biológica de lo que sugiere Blackmore, pero sujetos a las mismas reglas.

Los memes de la web 2.0, ya sean chistes protagonizados por gatos, anécdotas o vídeos de YouTube, constituyen, pese a su banalidad, muestras visibles de la transmisión de ideas y las dinámicas de una evolución cultural en la que se aplican variación, selección y herencia. Consideremos, por ejemplo, un reciente y particular fenómeno de distribución viral de un contenido en la Red: el “Harlem Shake”.

A principios del mes de febrero de 2013 un vídeo colgado en YouTube, en el que un grupo de adolescentes australianos bailan al ritmo de música electrónica, se convirtió en un fenómeno mediático sin precedentes. Titulado “The Harlem Shake”, el vídeo de apenas 30 segundos de duración es de hecho una imitación de un sketch del estudiante George Miller, conocido por sus cortos de humor absurdo en YouTube. En el vídeo original, Miller y sus amigos se mueven de forma un tanto ridícula con el tema “Harlem Shake” del DJ Harry “Baauer” Rodrigues. Los jóvenes australianos copian la música, pero introducen una variación: en su vídeo, primero baila uno de ellos mientras los otros le ignoran, luego se produce un corte abrupto y aparecen todos bailando a la vez. Ambos vídeos se difundieron rápidamente en pocos días, alcanzado un número de visionados de cinco cifras. En este momento aparece un tercer vídeo, creado por Maker Studios, una empresa especializada en marketing de contenidos en YouTube. Maker crea un clip a imitación de los australianos, pero añade una nueva variación: aquí aparecen los empleados bailando, disfrazados o realizando acciones absurdas como dar puñetazos a una jirafa hinchable.

Pelotón del ejército noruego interpretando el Harlem Shake. Fotograma de un vídeo colgado en YouTube el 10/2/2013.

Pelotón del ejército noruego interpretando el Harlem Shake. Fotograma de un vídeo colgado en YouTube el 10/2/2013.

 

En apenas diez días, el Harlem Shake se convierte en una moda a nivel global. Estudiantes, militares, deportistas, humoristas, agencias de publicidad y todo tipo de personas cuelgan miles de vídeos en los que crean su propia versión del vídeo de Maker Studios, con tres elementos ineludibles: el mismo tema de Baauer, un primer segmento del vídeo en el que una persona baila sola ante la indiferencia de un grupo y un segundo segmento en el que todo el grupo baila, se disfraza o lleva a cabo acciones absurdas. La distribución viral de un vídeo de estas características no es algo novedoso. Lo que distingue al Harlem Shake es la rapidez con la que ha alcanzado una difusión masiva, para luego extinguirse con la misma celeridad.

Según indica Kevin Ashton en un artículo que resume la historia de este vídeo viral, no fueron los usuarios sino las empresas las que contribuyeron a su éxito, desde la discográfica de Baauer a las agencias de publicidad que asumieron como una obligación colgar su versión del Harlem Shake (el 20 de febrero, el blog de AdAge indicaba que más de 60 agencias se habían sumado a esta tendencia), y por supuesto Google. El interés de las agencias de publicidad por participar en una moda masiva (para evitar “quedarse atrás” ante la competencia) y el rendimiento económico que obtenían tanto Google como la discográfica catapultó la difusión del Harlem Shake. Pero fue también fundamental la entusiasta participación de miles de personas que no sólo se organizaron para crear su coreografía, sino que lo hicieron con extrema rapidez. Como señala Ashton:

“Hace unos pocos años, pocas personas habrían colgado en YouTube un vídeo en el que aparecen cantando o bailando. Hoy, para muchos, hacerlo no es sólo una reacción instintiva, es urgente. En nuestra cultura del tiempo real, la rapidez del meme importa. La primacía es más importante que la privacidad.” [6]

El Harlem Shake es uno de esos memes que, en palabras de Dawkins, “alcanzan un éxito brillante a corto plazo al expandirse rápidamente, pero no duran mucho en el acervo de memes” [7]. Antes de lograr su máxima difusión, se sometió al menos a tres mutaciones, la última de las cuales (cabe señalarlo) se produjo en manos de profesionales del marketing viral. Es muy improbable que el vídeo original en el que George Miller baila enfundado en un traje rosa fuese objeto de una imitación a gran escala, y por otra parte el vídeo de los jóvenes australianos sigue circunscrito al contexto del domicilio. El vídeo de Maker Studios marca el equivalente de la aptitud biológica del meme, al introducir una serie de parámetros (la comunidad de trabajadores de la oficina, el contraste entre la seriedad del espacio laboral y la fiesta desatada) que incitan a imitar la acción representada y seguramente propician una cierta catarsis grupal.

Gráfico comparativo entre los términos “Gangnam Style”, “Harlem Shake” y “Grumpy Cat” elaborado en Google Trends el 30 de abril de 2013.

Gráfico comparativo entre los términos “Gangnam Style”, “Harlem Shake” y “Grumpy Cat” elaborado en Google Trends el 30 de abril de 2013.

El meme logró así una máxima difusión, pero a la vez su excesiva popularidad impidió su replicación al cabo de poco tiempo. Una comparación con otros contenidos de difusión viral en Google Trends a lo largo de los últimos 12 meses (ver gráfico) revela las acusadas diferencias en la evolución de este meme. La línea azul representa la popularidad del término “Gangnam Style”, en referencia al tema del rapero surcoreano Psy: una curva que asciende con rapidez, se mantiene con altibajos y decae progresivamente. Es la evolución habitual de un producto mediático, apoyado por la industria y los medios de comunicación. La línea amarilla muestra la evolución de búsquedas del término “grumpy cat”, con el que se ha etiquetado una serie de fotos de un gato cuyas facciones han inspirado un running gag. Esta curva es propia de un meme habitual en foros y chats, con una popularidad reducida pero constante. La línea roja, finalmente, marca la evolución de la popularidad del “Harlem Shake”, un abrupto ascenso y un precipitado descenso. El caso inusual de este vídeo viral es así un claro indicador de la manera en que puede verse modificada la evolución “natural” de un meme: si, como afirma Dawkins, un meme debe dominar la atención del cerebro humano compitiendo con otros memes rivales, en este caso parece que el meme se ha convertido en rival de sí mismo.

Este sencillo análisis nos muestra que la memética puede ayudarnos a examinar las aparentemente caóticas dinámicas de la transmisión cultural en una sociedad en la que prácticamente cada receptor puede ser un emisor y los modelos tradicionales de los medios de masas dan paso a un nuevo y más complejo sistema de relaciones entre productores y consumidores. El concepto del meme también abre un espacio para una nueva percepción de los procesos evolutivos, que nos permite examinar cómo se desarrolla la vida de las ideas.

 

Pelotón del ejército noruego interpretando el Harlem Shake. Fotograma de un vídeo colgado en YouTube el 10/2/2013.

Pelotón del ejército noruego interpretando el Harlem Shake. Fotograma de un vídeo colgado en YouTube el 10/2/2013.

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Notas:

[1] Richard Dawkins. El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta. Barcelona: Salvat Editores, 1993, 251.

[2] Richard Dawkins, op. cit. 257.

[3] Richard Dawkins, op. cit. 262.

[4] Elan Moritz, “Memetic Science : I – General Introduction”. The Institute For Memetic Research, 1990.

[5] Susan Blackmore, “Evolution and Memes: The human brain as a selective imitation device”, Cybernetics and Systems, Vol 32:1. Philadelphia: Taylor and Francis, 2001.

[6] Kevin Ashton, “You didn’t make the Harlem Shake go viral –corporations did”, Quartz, 28 marzo 2013

[7] Richard Dawkins, op. cit. 254.